A pesar de ser vistas como una perversión exclusiva de la política y algunos medios de comunicación, las falacias acompañan el diario vivir de todos los seres humanos. La mayoría de veces pasan desapercibidas ante los ojos y los oídos del común de las personas, pero no por eso dejan de estar ahí, condicionando las relaciones sociales.
En ese sentido, son las relaciones sociales las que más se afectan o benefician por el uso consciente o inconsciente de las falacias, pues estas son utilizadas en sociedad, la mayoría de veces, como sustitutas de razonamientos lógicos que llevan a conocimientos vitales para el mundo.
Y en parte es por eso que en ocasiones se tiene la sensación de estar nadando en un mar de mentiras, sin una carta fija ni un sur definido, con sólo pequeños trozos de madera para asirse en caso de naufragar. Las falacias sirven para solventar algunos aspectos de la vida, pero sin duda no para construir verdades reales y duraderas, sólo provisionales y engañosas.
De otro lado, esta figura retórica tiene implicaciones éticas que vale la pena analizar antes de usarla en cualquier escenario. Teniendo en cuenta que con ella se puede llevar al engaño a muchas personas sobre temas o hechos cruciales, cabe preguntarse cuáles son los límites (por supuesto éticos) de su utilización en ciertos ámbitos sociales.
Para tomar un ejemplo del uso social de las falacias, sus implicaciones éticas y las consecuencias que desata, la película El Meneo del Perro parece ser una buena opción. Es una producción que cuenta la historia de un hombre falaz, constructor de mentiras políticas que se difunden por televisión, con el fin de salvar la reputación del presidente estadounidense, quien ha sido acusado de abusar sexualmente de una menor de edad.
El film se desarrolla entre dos constantes: la persistencia de un senador en recordarle al país la grave falta del presidente, y los intentos por hacerla olvidar a través de falacias mediáticas. Al final, luego de un desenlace trágico y falaz, terminan ganando las mentiras. Pero lo importante es ver cómo éstas son usadas para engañar a los implicados y el público final, la nación estadounidense, un pueblo que históricamente se ha preciado de respetar la libertad y la verdad como principios básicos de la sociedad, y que al parecer, según puede verse en la cinta, padece más bien la esclavitud mental y la desinformación.
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Alguien dijo alguna vez (palabras más o menos): “si logras movilizar la emoción, movilizarás también la razón”. Y en la historia mencionada parece comprobarse esta frase, aunque en la vida “real” (por llamarla de alguna forma), su aplicación tiene algunos matices. No es lo mismo, por ejemplo, leer un mensaje sensiblero a un grupo de mujeres madres de familia (como sucede en la película), que comunicar el mismo mensaje a un grupo de académicos o científicos. Sin querer decir que las primeras no razonan, lo más seguro es que los segundos reciban el mensaje con un poco más de frialdad y raciocinio, lo cual marcará una clara diferencia en el grado de movilización (sí la hay) de las emociones y, por ende, los pensamientos de cada uno.
Por este camino, hay un dejo de subestimación a lo largo de la película. Pero ese es otro tema.
Los argumentos que se usaron para persuadir apelaban a la emoción más que a la razón. Cuando el agente del F.B.I. confronta al artífice de la operación psicosocial, diciéndole que han sido descubiertos y que sus actuaciones son ilegales, él le responde que sin la guerra su trabajo no tendría razón de ser. Lo pone entre la espada y la pared invitándolo a elegir entre su trabajo y el país, aludiendo al patriotismo común de los estadounidenses. Un trucaje propio de los manipuladores; un chiripazo argumental.
Esa escena evidencia una de las formas más convencionales de las falacias, aquella en la que se fuerza la relación entre dos factores que no tienen unidad lógica directa, pero que pueden servir para mover sentimientos en muchas direcciones.
En el caso mencionado, fueron la justificación social del trabajo y la estabilidad política de la nación, los elementos elegidos para establecer la conexión arbitraria. Dicha relación no tiene una base lógica, porque aunque el trabajo del F.B.I. es importante para el orden del país, también es cierto que el deber ser de esa institución es procurar que se cumpla la ley a pesar de las consecuencias que esto tenga. Y eso incluye (debe incluir) la posibilidad de afectar la estabilidad política de una nación.
Como la película trata de salvaguardar la imagen de un presidente, las grandes
mentiras que se fabrican necesitan también de grandes medios para ser difundidas. Es entonces donde aparece la figura de un cineasta experimentado que en pocos días logra construir en televisión un mundo ficticio para que la opinión pública olvide el tema ignominioso.
Lo que hace este hombre es encadenar una serie de hechos falsos y dramáticos, para que la opinión pública se conmueva y se solidarice con la “nueva causa” del país: la guerra y sus héroes nacionales; el soldado Sapato y demás payasadas. Pero más allá de esa realidad, queda en evidencia el poder del estado para manejar las opiniones y las creencias de su población, de alejar a las personas, poco a poco, de los temas reales e importantes, para acercarlas a la falsedad y el desconocimiento.
Desde El Meneo del Perro se pueden abrir muchas discusiones sobre la política, el papel de los medios de comunicación, la elaboración de mentiras y algunos dilemas morales. Esta última es de capital importancia, y también una de las partes menos exploradas, pues parece restársele valor por cuanto la aplicación de los principios éticos elementales no es provechosa para algunos sectores sociales.
Por eso, el hecho de que las falacias acompañen inevitablemente las horas de los seres humanos, más que desatención, debería invitar a reflexionar permanentemente sobre los límites de su uso.
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